La Familia
LA FAMILIA
José Santiago Pérez,
Asistente del Ecónomo del Seminario Conciliar “San José” de Cuernavaca, México
Nos despertamos por la mañana para iniciar con nuestras actividades cotidianas. Si esto es entre semana, para algunos de nosotros esto significa correr a preparar el desayuno de los niños y ayudarlos a estar listos para ir a la escuela. Los vemos acercarse a la mesa, nos aseguramos que estén limpios, bien vestidos y peinados. Los tocamos, les hablamos, los escuchamos, los vemos... incluso, su propio aroma nos es conocido. Mantenemos un profundo contacto con ellos, que involucra todo nuestro ser: no sólo pensamos acerca de ellos como de alguien más que aparece en las noticias de la mañana. No. Hay algo mucho más profundo. Es como si nuestros hijos e hijas formaran parte de nosotros mismos. Este tipo de lazo, de unión, se da de manera privilegiada en la familia. Existe, pues, un vínculo de unidad entre nosotros.
Partiendo de lo anterior, podemos decir que la familia es un lugar, una dimensión de encuentros. En ella coinciden de manera natural varios seres humanos. Esto no sucede por casualidad. No. Como decíamos más arriba, se da un vínculo de unidad muy especial entre los miembros de la familia. Este vínculo, o lazo de unidad, lo conocemos como paternidad, maternidad, filiación y fraternidad. Y se da a partir de esa primera y mutua elección de un hombre y una mujer que al casarse fundan un hogar. La familia, pues, es el ámbito natural del amor.
Al consultar los diccionarios, podemos encontrar que la familia es el núcleo básico de la sociedad, que es un grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas bajo la autoridad de una de ellas (papá y/o mamá), y que es una comunidad instituida por la naturaleza para cubrir las necesidades de la vida cotidiana.
Dejando de lado algunos aspectos que pueden ser criticados, especialmente por su impacto en nuestra vida de fe -como es el caso de la familia como una comunidad constituida por la naturaleza-, tomemos los elementos positivos que nos aportan. Para ello, la idea de la familia como una célula viva nos puede ayudar mucho. Especialmente en cuanto que todo ser humano requiere de cuidados para mantenerse y desarrollarse.
Todos tenemos cualidades y características, capacidades y potencialidades. Esto resulta particularmente cierto al momento en que pensamos en nuestros hijos e hijas. Convivimos con ellos, los conocemos... descubrimos poco a poco sus rasgos personales característicos, lo que les atrae y lo que les disgusta. Conforme estamos y vivimos en familia, pues, podemos darnos cuenta que la persona que podrá servir mejor a los demás es la que mejor ha conseguido desarrollar sus posibilidades, capacidades y potencialidades. Pero no veamos esto de una manera reduccionista. Hablamos del desarrollo integral de las personas que conforman nuestra familia, y no sólo en alguno de sus aspectos, como sucede en algunos medios que ponderan mucho más el desarrollo de las posibilidades y capacidades profesionales con fines económicos. Hablamos de la persona educada íntegramente.
De este modo, podemos concebir a la familia como la primera escuela de valores humanos y sociales, pues, por sus lazos naturales, favorece el desarrollo de lo irrepetible de la persona humana, que es su intimidad y de la vivencia de los valores que toda sociedad necesita. En este sentido, al concebir al hombre y a la mujer, nuestros hijos e hijas, como seres libres, podemos descubrir que necesitan de la familia para conocer sus propias limitaciones personales y sus posibilidades. Las primeras, para superarlas; las segundas, para aprovecharlas. Y todo esto para alcanzar un mayor autodominio.
Pero también es necesaria la familia, como núcleo básico de la sociedad, para que ésta vaya adquiriendo su propia calidad de acuerdo con la riqueza individual de sus miembros. Una vez más, aquí puede existir el riesgo de pensar en la riqueza individual en términos económicos y/o materiales. En este sentido, recordemos que la búsqueda del bienestar personal y familiar es totalmente válida y legítima, pero que no puede dejar de lado la búsqueda del bien-ser. La Iglesia Católica nos enseña que se provoca un desorden en nuestras vidas cuando “tener” es más importante para nosotros que “ser.” De este modo, la familia puede ser vista como agente que educa a sus miembros y se abre a la gran comunidad humana, compartiendo con ella sus bienes.
No olvidemos que estamos hablando de nuestras propias familias. No estamos estudiando a un pez o a una piedra. Todo lo que se diga respecto a la familia nos afecta de manera directa y significativa. Como padres y madres de familia nos corresponde el derecho primario y fundamental de la educación de nuestros hijos e hijas, lo cual también es una gran responsabilidad. Muchos de los servicios educativos, sanitarios, de seguridad social y de asistencia social que hoy ofrecen los gobiernos de diversos países dependieron de la familia en el pasado. Sin embargo, la familia ofrece de manera exclusiva el lugar, dimensión y ambiente para que cada hombre y mujer puedan ser concebidos y educados con amor incondicional. Así, la familia es la principal fuente de satisfacción de las necesidades específicamente humanas de sus miembros.
De todo lo anterior, podemos decir que la familia es comunidad de vida y de amor. Como católicos, sabemos que es Iglesia Doméstica, donde se vive y testimonia el amor incondicional de Jesucristo para con nosotros que ha dado Su Vida para que tengamos vida eterna.
por: José Santiago Pérez, Asistente del Ecónomo del Seminario Conciliar “San José” de Cuernavaca, México
